Llevaban
ya, más de media hora hablando.
Habían
comenzado a discutir sobre temas vanales, como que tiempo hacía, o, que
antipáticos eran los profesores. Continuaron así unos diez minutos, cuando,
casi sin pretenderlo, comenzaron a hablar de quedar algún día. Y ahora, a las
cinco, Adrián se había decidido a formular la pregunta que le rondaba desde hace un tiempo, cuando Claudia
se había desmayado.
-Claudia…
eh… esto… - no sabía cómo decirlo.
-¿Si?
¡Dime! –dijo ella alegremente.
-Cuando,
tú… es decir… caíste… -era aun más complicado de lo que pensaba.
-¿Eh? La cara de la niña cambió totalmente, ya iba
adivinando las intenciones del muchacho, y con un toque irónico, arqueando una
de sus castañas cejas, esperó a que Adrián se decidiese.
-Tú,
claro… ibas… luego… y no… Puf… -no daba aclarado sus ideas.
-Adri…
-lo interrumpió la chica- al grano.
-En
fin… solo quería saber qué es lo que te pasó el otro día. –Ya lo había soltado,
y pese a los problemas iniciales, había sido menos duro y bastante más sencillo
de lo que jamás se hubiese imaginado.
-Pues…
-ahora era ella la que vacilaba- la verdad… es que no lo recuerdo bien, afirmó,
mirándose nerviosamente los pies, unas botas rojas con flecos. Como Adrián no
respondía, se perdió en el vaivén de sus flecos, movidos a la acompasada
velocidad del viento…
Estaba en un campo de flores. Las mariposas
revoloteaban inocentemente, los pajarillos surcaban el cielo, paralelos a todo aunque ajenos al resto del
mundo que giraba a su mismo son.
Ella llevaba únicamente una bata blanca que,
empujada por la brisa del lugar, delineaba con precisión las curvas de la
muchacha. Esta cerró los ojos y extendió las manos, esperando recibir la dulce
melodía del viento en su alborotado cabello. Mas, no fue eso lo que pasó, un
huracán enorme la echó hacia atrás, haciéndole heridas en sus desnudos
pies, pues el suelo se tornaba afilado y
cortante, y, todavía con los ojos cerrados, intentó avanzar. El viento era cada
vez más fuerte y potente, y Claudia seguía sin abrir los ojos, lo intentó, pero
no podía, era como si los tuviese cosidos.
El ciclón amainó, permitiendo ver solo un
campo desierto, de lo que, hacía apenas unos minutos, había sido un lugar
rebosante de vida.
Las mariposas, alicaídas o muertas, no
conservaban sus vivos colores ni su gracia natural. Cada uno de los pájaros que
había visto, aparecían en el suelo, sin vida, con una herida fea y sangrante en
cada uno de sus corazoncillos.
Conejos, ardillas y el resto de fauna y flora
que no había podido ver aun también estaba destruida, cada animal tenía su
corazón con la misma herida surcando su pecho.
Claudia no podía verlos, pues tenía los ojos
herméticamente cerrados, pero los sentía y en cierto modo sí podía admirarlos.
Era un paisaje horripilante, y cuando una
triste diminuta mariposilla, al intentar posarse en su mano cayó derrotada al
suelo sin rastro alguno de existencia, al lado de un pequeño animalillo que
gemía asustado, más cerca de la muerte que de la vida, Claudia no pudo más y
consiguió abrir los ojos y despertarse de esa pesadilla gritando. […]
Adrián
la tenía abrazada contra su pecho, en ademán protector, porque hacía apenas
unos segundos estaba tirada en suelo, sudando y retorciéndose de dolor.
-Tranquila,
yo estoy aquí.
-No,
no… -balbuceó- no lo has visto, fue horrible, yo no los veía, yo, yo, yo…
Lentamente fue dejándose caer en brazos de Adrián, que la miraba cariñosamente,
decidido a protegerla en todas y cada una de sus extrañas y dolorosas
fantasías.

