lunes, 31 de diciembre de 2012

Capítulo 6: Soñando


Llevaban ya, más de media hora hablando.
Habían comenzado a discutir sobre temas vanales, como que tiempo hacía, o, que antipáticos eran los profesores. Continuaron así unos diez minutos, cuando, casi sin pretenderlo, comenzaron a hablar de quedar algún día. Y ahora, a las cinco, Adrián se había decidido a formular la pregunta que le  rondaba desde hace un tiempo, cuando Claudia se había desmayado.
-Claudia… eh… esto… - no sabía cómo decirlo.
-¿Si? ¡Dime! –dijo ella alegremente.
-Cuando, tú… es decir… caíste… -era aun más complicado de lo que pensaba.
-¿Eh?  La cara de la niña cambió totalmente, ya iba adivinando las intenciones del muchacho, y con un toque irónico, arqueando una de sus castañas cejas, esperó a que Adrián se decidiese.
-Tú, claro… ibas… luego… y no… Puf… -no daba aclarado sus ideas.
-Adri… -lo interrumpió la chica- al grano.
-En fin… solo quería saber qué es lo que te pasó el otro día. –Ya lo había soltado, y pese a los problemas iniciales, había sido menos duro y bastante más sencillo de lo que jamás se hubiese imaginado.
-Pues… -ahora era ella la que vacilaba- la verdad… es que no lo recuerdo bien, afirmó, mirándose nerviosamente los pies, unas botas rojas con flecos. Como Adrián no respondía, se perdió en el vaivén de sus flecos, movidos a la acompasada velocidad del viento…
Estaba en un campo de flores. Las mariposas revoloteaban inocentemente, los pajarillos surcaban el cielo,  paralelos a todo aunque ajenos al resto del mundo que giraba a su mismo son.
Ella llevaba únicamente una bata blanca que, empujada por la brisa del lugar, delineaba con precisión las curvas de la muchacha. Esta cerró los ojos y extendió las manos, esperando recibir la dulce melodía del viento en su alborotado cabello. Mas, no fue eso lo que pasó, un huracán enorme la echó hacia atrás, haciéndole heridas en sus desnudos pies,  pues el suelo se tornaba afilado y cortante, y, todavía con los ojos cerrados, intentó avanzar. El viento era cada vez más fuerte y potente, y Claudia seguía sin abrir los ojos, lo intentó, pero no podía, era como si los tuviese cosidos.
El ciclón amainó, permitiendo ver solo un campo desierto, de lo que, hacía apenas unos minutos, había sido un lugar rebosante de vida.
Las mariposas, alicaídas o muertas, no conservaban sus vivos colores ni su gracia natural. Cada uno de los pájaros que había visto, aparecían en el suelo, sin vida, con una herida fea y sangrante en cada uno de sus corazoncillos.
Conejos, ardillas y el resto de fauna y flora que no había podido ver aun también estaba destruida, cada animal tenía su corazón con la misma herida surcando su pecho.
Claudia no podía verlos, pues tenía los ojos herméticamente cerrados, pero los sentía y en cierto modo sí podía admirarlos.
Era un paisaje horripilante, y cuando una triste diminuta mariposilla, al intentar posarse en su mano cayó derrotada al suelo sin rastro alguno de existencia, al lado de un pequeño animalillo que gemía asustado, más cerca de la muerte que de la vida, Claudia no pudo más y consiguió abrir los ojos y despertarse de esa pesadilla gritando. […]
Adrián la tenía abrazada contra su pecho, en ademán protector, porque hacía apenas unos segundos estaba tirada en suelo, sudando y retorciéndose de dolor.
-Tranquila, yo estoy aquí.
-No, no… -balbuceó- no lo has visto, fue horrible, yo no los veía, yo, yo, yo… Lentamente fue dejándose caer en brazos de Adrián, que la miraba cariñosamente, decidido a protegerla en todas y cada una de sus extrañas y dolorosas fantasías.

sábado, 29 de diciembre de 2012

5º capítulo 2ª parte


Cuando recobró el sentido, la sirena ya había tocado y tuvo que correr lo indecible para alcanzar al impaciente autobús…
Ya no recordaba más, en fin, esa daba ahora igual, tenía una cita con Adrián a las cuatro y media y eran… ¡las 4:29!
Cogió ágilmente su móvil, la nota y un pintalabios sabor a coco, se perfumó abundantemente, cuando iba a salir por la puerta, recordó que Jhon estaría allí. Abrió de un tirón la ventana y saltó al árbol de enfrente, por el cual se deslizó. Corriendo con los pulmones estallándole y la garganta gorgoteándole, llego a La Caseta.
La Caseta eran unas pequeñas tablas de madera, sostenidas, casi sorprendentemente, a un viejo roble en el medio del parque. Encima de estas, una lona multicolor, enmarañada y llena de descosidos, servían como techo. No era un lugar muy romántico, pero preferido por la mayoría de los jóvenes por su posición y soledad.
Gabeó rápidamente, con el temor y la duda de que Adrián ya se hubiera marchado por su pequeño retraso.
Pero allí estaba, alto y robusto, con esa mirada altiva típica del mejor héroe de los cómics Marvel. Bien peinado y peculiarmente vestido. No llevaba los pantalones por debajo del culo, enseñando los calzoncillos, como hacía la gran mayoría de los chicos. El cuello de su camisa violeta sobresalía de la chaqueta, dándole un aire bonachón y agradable. ¿Y qué era eso? No podía ser, ¡un cinturón! Parecía un detalle estúpido, pero, desde lo que Claudia recordaba, solo había visto a tres hombres con él: su padre, el viejo profesor de historia y a un pequeño niño, que llevaba además, unos tirantes blancos de lunares negros y amarillos, que parecía una sombra de oscuridad, pues miraba a todo el mundo con una cara de “¡Sálvenme! ¡Sálvenme!”
En fin, que era un gran cambio, más aun en un chico como él. Sin saber que decir o hacer, solo se le ocurrió toser un poco para llamar su atención:
-Cof, cof… Perdón, ¿se puede pasar?