Cuando
recobró el sentido, la sirena ya había tocado y tuvo que correr lo indecible
para alcanzar al impaciente autobús…
Ya no
recordaba más, en fin, esa daba ahora igual, tenía una cita con Adrián a las
cuatro y media y eran… ¡las 4:29!
Cogió
ágilmente su móvil, la nota y un pintalabios sabor a coco, se perfumó
abundantemente, cuando iba a salir por la puerta, recordó que Jhon estaría
allí. Abrió de un tirón la ventana y saltó al árbol de enfrente, por el cual se
deslizó. Corriendo con los pulmones estallándole y la garganta gorgoteándole,
llego a La Caseta.
La
Caseta eran unas pequeñas tablas de madera, sostenidas, casi sorprendentemente,
a un viejo roble en el medio del parque. Encima de estas, una lona multicolor,
enmarañada y llena de descosidos, servían como techo. No era un lugar muy
romántico, pero preferido por la mayoría de los jóvenes por su posición y
soledad.
Gabeó
rápidamente, con el temor y la duda de que Adrián ya se hubiera marchado por su
pequeño retraso.
Pero
allí estaba, alto y robusto, con esa mirada altiva típica del mejor héroe de
los cómics Marvel. Bien peinado y peculiarmente vestido. No llevaba los
pantalones por debajo del culo, enseñando los calzoncillos, como hacía la gran
mayoría de los chicos. El cuello de su camisa violeta sobresalía de la
chaqueta, dándole un aire bonachón y agradable. ¿Y qué era eso? No podía ser,
¡un cinturón! Parecía un detalle estúpido, pero, desde lo que Claudia
recordaba, solo había visto a tres hombres con él: su padre, el viejo profesor
de historia y a un pequeño niño, que llevaba además, unos tirantes blancos de
lunares negros y amarillos, que parecía una sombra de oscuridad, pues miraba a
todo el mundo con una cara de “¡Sálvenme! ¡Sálvenme!”
En fin,
que era un gran cambio, más aun en un chico como él. Sin saber que decir o
hacer, solo se le ocurrió toser un poco para llamar su atención:
-Cof,
cof… Perdón, ¿se puede pasar?
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