La
mañana se presentaba agradable, hacía un sol radiante y la luz se filtraba por
la ventana iluminando la pálida cara de Claudia. Su sudorosa frente y sus
enmarañados cabellos, no eran excusa para ocultar la belleza de la joven.
Estaba
más blanca de lo normal y mucho más huesuda.
Tenía
un aspecto lamentable.
Con
gran esfuerzo se levantó de la cama y se quitó el camisón bordado, regalo de su
tía. Cogió lo primero que encontró en el armario y enfundándose en su bata de
casa, bajó las escaleras, se lavó la cara y se miró al espejo concienzudamente.
Permaneció
así varios minutos, hasta que las tripas de su vacío estómago borbotearon ante
la falta de alimento. Esbozó una sonrisa, caminando hacia la cocina, en busca
de un suculento desayuno.
-Buenos
días Claudia, no tienes muy buen aspecto, ¿qué tal has dormido?
-A
decir verdad, muy mal. Me faltan energías y no tengo ganas de nada.
-De eso
ni hablar, vístete y vámonos. Claudia temió por un segundo que, ante su falta
de descanso, se hubiera olvidado de vestirse. Aliviada, comprobó que se
acordara.
-Coge
el chándal y vámonos. Su tía se dio la vuelta y se colocó sus gafas de culo de
botella en la punta de la nariz, dando por zanjada la conversación.
***
Después
de mirarse y remirarse varias veces, decidió bajar lo más rápido posible, para
averiguar el porqué de tanta prisa. Mientras avanzaba por el descansillo,
recordó de golpe la extraña promesa que su tía había formulado meses atrás, y
cayó en la cuenta de que su padre ya se había ido, momento idóneo para la
aventura de todos los años.
Pensando
y repensando, ya había comenzado la marcha con la tía, y, como cada verano, por
el mismo sendero lleno de aventuras y belleza.
Aumentaron
la velocidad. Comenzaban a sudar. Las gafas y la mochila de Pauline le
entorpecían el avance, pero esta no se quejaba en absoluto. Cuando Claudia se
disponía a tomar una cerrada curva, de repente, su tía dio un brusco giro hacia
el otro lado, como si nada.
La niña
se paró en seco, atónita, pero como su acompañante (tía) no se inmutaba, ella
no quiso ser menos y continuó.
El
paisaje se fue modelando, para dejar paso a un espacio lleno de flores y vida,
un entorno al que a Claudia, le resultaba más que familiar, demasiado.
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