jueves, 24 de enero de 2013

Capítulo 7: Viajando 1ª parte


La mañana se presentaba agradable, hacía un sol radiante y la luz se filtraba por la ventana iluminando la pálida cara de Claudia. Su sudorosa frente y sus enmarañados cabellos, no eran excusa para ocultar la belleza de la joven.
Estaba más blanca de lo normal y mucho más huesuda.
Tenía un aspecto lamentable.
Con gran esfuerzo se levantó de la cama y se quitó el camisón bordado, regalo de su tía. Cogió lo primero que encontró en el armario y enfundándose en su bata de casa, bajó las escaleras, se lavó la cara y se miró al espejo concienzudamente.
Permaneció así varios minutos, hasta que las tripas de su vacío estómago borbotearon ante la falta de alimento. Esbozó una sonrisa, caminando hacia la cocina, en busca de un suculento desayuno.
-Buenos días Claudia, no tienes muy buen aspecto, ¿qué tal has dormido?
-A decir verdad, muy mal. Me faltan energías y no tengo ganas de nada.
-De eso ni hablar, vístete y vámonos. Claudia temió por un segundo que, ante su falta de descanso, se hubiera olvidado de vestirse. Aliviada, comprobó que se acordara.
-¿Qué tiene de malo esta ropa? Dijo adormilada la niña mirándose de arriba abajo. Llevaba unos desgastados pantalones vaqueros y una camiseta donde ponía “I    <3   NY”. El típico atuendo de una adolescente.
-Coge el chándal y vámonos. Su tía se dio la vuelta y se colocó sus gafas de culo de botella en la punta de la nariz, dando por zanjada la conversación.
***
Después de mirarse y remirarse varias veces, decidió bajar lo más rápido posible, para averiguar el porqué de tanta prisa. Mientras avanzaba por el descansillo, recordó de golpe la extraña promesa que su tía había formulado meses atrás, y cayó en la cuenta de que su padre ya se había ido, momento idóneo para la aventura de todos los años.
Pensando y repensando, ya había comenzado la marcha con la tía, y, como cada verano, por el mismo sendero lleno de aventuras y belleza.
Aumentaron la velocidad. Comenzaban a sudar. Las gafas y la mochila de Pauline le entorpecían el avance, pero esta no se quejaba en absoluto. Cuando Claudia se disponía a tomar una cerrada curva, de repente, su tía dio un brusco giro hacia el otro lado, como si nada.
La niña se paró en seco, atónita, pero como su acompañante (tía) no se inmutaba, ella no quiso ser menos y continuó.
El paisaje se fue modelando, para dejar paso a un espacio lleno de flores y vida, un entorno al que a Claudia, le resultaba más que familiar, demasiado.

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